Nuestros devenires paseanderos nos llevan a descubrir lugares más que insólitos. Por esas cosas de recorrer, sin rumbo fijo ni definido, algunas de las rutas del interior, nos topamos con uno de esos sitios insospechados, de los que uno nunca hubiese pensado que pudiera estar en un paraje con características tan peculiares.
El establecimiento era una suerte de parador, por aplicarle alguna denominación, con un gran portón de madera que lo separaba del camino de acceso. Entrando por el sinuoso sendero se accedía a una gran galería, con cómodos sillones dispuestos a lo largo y mirando hacia una especie de plaza de toros, pero sin toros ni vacas.
Nos sentamos y preguntamos a quienes atendían cuál era la actividad principal y si podíamos tomar algo y picar algún bocadito, como para reponer energías después de tanto viaje.
Nos dijo que tuviésemos cuidado con los animales, porque era la hora de descanso de los mismos y los habían soltado para que hagan sus recorridos habituales.
No vimos ningún animal, pero luego de escuchar un rugido y leer el cartel que estaba a un costado de la galería, salimos casi a la carrera, subimos al vehículo y emprendimos el regreso.
Al final no pudimos averiguar qué era lo que hacían en ese lugar, pero no creo que se nos ocurra volver…
2 Dejaron su gracia:
¡Oiga! ¿Por quién me ha tomado usted?
Valentín, no hay que darse por aludido... Son capaces de sospechar...
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