Los calores agobiantes, que abochornan a cualquiera que se les anime, no permitían que atendiésemos nuestro jardín como correspondía. Porque no es fácil animársele al sol en una tarde de verano, con 40 grados a la sombra y hasta los lagartos desesperándose por un poco de aire fresco.
Fue entonces que surgió la idea de utilizar una herramienta que facilitase la tarea y que a la vez no permitiera que quien la operase sufriera, en vivo y en directo, los rayos de Febo.
Lo lógico hubiese sido conseguir una de esas cortadoras de césped que posibilitan que el conductor se ubique en cómodo asiento pero, como la búsqueda de tal herramienta resultó infructuosa, debimos arreglarnos con lo que obtuvimos.
En la fotografía aparece Pepe, tratando de dominar ese armatoste llamado topadora que, por esas cosas de no conocer ni averiguar, se le fue de control y provocó alguno que otro desacomodo en nuestro barrio.
Por supuesto, el jardín sigue igual porque, gracias al cielo, no pudo enfilar esa pesada máquina hacia nuestra casa. ¡Por favor, que venga alguien a rescatarlo de las fauces de ese monstruo!
