A esta altura de mi vida y de los acontecimientos, podría relatarles cómo conseguí mi primer millón, pero convengamos en que se trata de un tema incómodo, sobre todo para quien les habla, teniendo en cuenta que aún me falta mucho para llegar a esa suma. Por eso y por otras razones, que incomodan más todavía, tocaremos otro tema, se podría decir que, más doméstico.
Ya les conté que en el fondo de mi casa, tenemos una planta de mamón o papaya que, como su nombre lo indica da mamones, o papayas, no frutillas, ni melones, ma-mo-nes, o pa-pa-yas.
Mi apreciada vecina, que es medio bruja, de cara más que nada, como diría el Negro Fontanarrosa, me sugirió que hiciera dulce con estos frutos pues quedaba delicioso. Me pareció una idea acertada que me vendría al pelo para alejar otros profundos pensamientos, que en esos momentos ocupaban y preocupaban mi mente. Como ser, ¿alguna vez habrá nevado en pleno verano?, ¿cuándo le pondrán mi nombre a una tormenta?, ¿si alguien usara un bonete de papel en una reunión de etiqueta, cuánto tiempo tardarían en correrlo a patadas?... Como podrán apreciar estaba abocada a temas trascendentalísimos.
En ese momento volví a la realidad, y fue cuando en un tono mandón y obsesivo, me dijo la vecina:
-¿Vas a ponerte a hacer el dulce, o no?, porque hace veinte minutos que estás callada mirando al vacio.
Para que no crea que soy de las que “arrugan” le dije que ya mismo pondría manos a la obra. Coseché varias frutas, las pelé y corté en cubos. A continuación las coloqué en una cacerola con agua y azúcar y estuvieron cocinándose por dos horas aproximadamente. Hasta allí todo perfecto. El Chuqui, que andaba dando vueltas, orbitando alrededor de Pepelandia, se paró en seco junto a la olla de dulce y fiel a su estirpe de metiche, me preguntó si me había salido rico. Con la candidez que me caracteriza, tomé una cuchara grande y levanté un cubo de dulce hasta mis delicados labios y lo mordí.
El líquido que salió del pedacito de dulce, había alcanzado la temperatura de un volcán en erupción, y me quedo corta con la comparación, les aseguro. No sólo me quemó toda la boca… hasta el alma me quemó. Ustedes saben que nunca digo malas palabras, pero esta situación lo ameritaba. Dije como mínimo quince palabrotas y me puse todo lo que encontré a mano en la zona afectada, con la esperanza de que calmara el ardor, pero nada.
Pepe tomó distancia prudentemente, alzó a la gatita en sus brazos a modo de escudo y me preguntó si ya me estaba pasando el dolor. Una mirada asesina surgió espontáneamente, como toda respuesta.
La próxima vez, 1) compraré el dulce en el supermercado, 2) echaré a escobazos a la vecina, y 3) ataré al Chuqui al paragolpe del auto hasta que termine mi tarea, cualquiera sea ésta.
Dos cosas me quedaron bien claras: “Lo cortés no quita lo caliente” y “El que se quema con mamón, hasta la sandía sopla”.
