Nunca es tarde para hacer el ridículo, cuando la dicha es buena o cuando “faltan caramelos en el paquete”, como en el caso que les voy a relatar a continuación. Se trata de un claro ejemplo de disparatada adaptación al medio artístico y lagunero. No pregunten los detalles, háganme caso y confórmense con los pocos datos que les brindaré a modo de sana catarsis.
Un día cualquiera, sin que nada ni nadie lo hiciera previsible, el Chuqui decidió seguir sus adormilados instintos musicales a ultranza. Salió en busca de “algo”, empujado por un potente impulso que, como su nombre lo indica, lo impulsó a obrar de extrañas maneras, cosa muy rara en él, aunque frecuente, si revisamos sus antecedentes.
Casi hipnotizado, o tal vez guiado por extraños designios, adquirió esta especie de canoa/guitarra, o guitarra/canoa, el nombre queda a elección del que se anime a bautizarlo/a que, como podrán observar en la foto/documento, es apropiada para “navegar musicalmente”. Dijo que fue una amor a primera vista y también dijo otras cosas que no recuerdo porque, ante estas impericias que suele presentarme la vida, tiendo a descolgarme, es un claro intento de conservar la escasa sanidad mental que aún me queda.
No faltan nunca los curiosos que se arriman para sacarse fotos junto a la extraña embarcación, entonces el Chuqui aprovecha estas ocasiones para improvisar algunas de sus melodías desencadenadas.
Ignoro cuanto tiempo durará este idilio, pero mientras tanto… ¿no quieren pegarse una vueltita en la “guitanoa”?

