Estaba recordando hoy algunos sucesos cómicos, o por lo menos graciosos, que, en algún momento de mi existencia, me ocurrieron.
Cuando era niño acostumbraba ir a visitar a mis tíos que vivían en otras ciudades. Era una forma de que mis padres descansaran de mi tan apreciada presencia, y la manera de trasladarles a los otros componentes de la familia el drama que significaba atenderme. Esto, seguramente, deja traslucir el cariño y el afecto con que mis parientes me esperaban. No tenían más remedio que aceptarme.
La primera vez que visité Buenos Aires, viajé en avión y fueron a esperarme al Aeroparque los Hernández. Los Hernández era una familia compuesta por mi tía Rosa, que era hermana de mi mamá, mi primo Marcos y mi tío Bernabé. Yo los quería mucho y percibía que ellos también sentían lo mismo por mí.
Mi tío Bernabé siempre fue un personaje de novela, de esas novelas mitad románticas, mitad dramáticas, con ribetes misteriosos y de suspenso pero con un alto contenido humorístico. Yo lo admiraba, aunque nunca llegué a decírselo, por esa facilidad que tenía para meterse en problemas y la gracia que poseía para zafar airosamente de ellos.
Se tejieron muchas historias y leyendas urbanas respecto a su personalidad y a su manera de actuar. La verdad es que nunca pude comprobar lo que escuché de él, tampoco me ocupé mucho por conseguirlo. La única verdad es que conmigo, el Chuqui de la Chuquita, siempre se portó muy bien y en todo momento me demostró que, de alguna manera, yo era una persona importante. Eso nunca lo olvidaré.
Pasado el momento de la añoranza nostálgica me abocaré a relatar lo acontecido en el momento mismo de mi arribo a Buenos Aires. Mi tío era vendedor de lencería fina para damas, para una firma que se llamaba, o todavía se llama, Mi Placer. Como lógica consecuencia de ello tenía, en el baúl de su automóvil, una valija cargada con muestras de las prendas que debía ofrecer.
Luego de retirar mi equipaje, nos fuimos los cuatro hasta el automóvil de mi tío. Él se ofreció, solícito, a acomodar mi valija en la parte de atrás pero, para eso, tuvo que retirar la suya y depositarla, momentáneamente, en el piso. Quienes conocen la capital de la Argentina sabrán que, en la zona de Aeroparque, es muy común que haya viento fuerte constantemente, con algunas ráfagas y remolinos.
Lo que sigue fue digno de una película cómica. El viento abrió la tapa de la valija de mi tío y desparramó por todo el playón de estacionamiento, en ese momento con mucha gente, todas las muestras de bombachas, corpiños, visos, enaguas, deshabillés, baby dolls y otras menudencias. De distintos colores y variados tamaños.
De más está decir que los cuatro, más algún comedido colaborador, anduvimos casi media hora corriendo y arrebatándole al ventarrón las ropitas. Fuimos el espectáculo del día.
Desde lo más profundo de mis sentimientos vaya el cariñoso recuerdo para mi querido tío Bernabé que me hizo pasar momentos inolvidables.