Hace unos cuantos años, mientras estudiaba en la universidad, tuve la experiencia de militar en una agrupación estudiantil. En una oportunidad se organizamos un gran acto público y mis compañeros me designaron como presentador de los diferentes disertantes que dirigirían la palabra a la multitud congregada en ese lugar.
Recuerdo que los oradores y yo estábamos ubicados de pie en una tarima de madera de un metro de altura, tres metros de ancho y seis metros de largo. Como éramos muchos, estábamos todos amontonados y yo, parado en el frente y con el micrófono en la mano, era el que diría los nombres de quienes hablarían, junto con una reseña de sus trayectorias.
Cuando comenzó el evento, hablé a la multitud presente, explicando los motivos y razones de esa concentración, antes de entregar el micrófono a quien diría el primer discurso.
Una vez que terminé mis palabras, después de hablar casi diez minutos, un amigo, que estaba entre el público, se me acercó y me entregó un papelito doblado. Mientras escuchaba lo que decía el primero de los oradores, me ubiqué a un costado de la tarima, desdoblé el papel y cuando leí lo que decía, casi me da un ataque. ¿Saben lo que me había escrito mi amigo? Lo que a continuación les cuento: “¡BRAGUETA ABIERTA!”
Seguramente se estarán imaginando la vergüenza que se apoderó de mí al darme cuenta de que todos me miraban para ver cuál sería mi reacción. Nunca más acepté ser presentador de nada más…

























