

La que no se asustó y tomo partido con presteza y decisión, fue Gaza, la gata. Rápidamente la fue cercando y cansando, dejando dos floreros y un centro de mesa derribados a su paso, hasta reducirla a lo que se puede denominar como una rana cansada. La dejó sin más ganas de andar saltando por toda la casa.
Después se hicieron amigas, jugaron juntas por más de una hora, hasta que Gazi, fastidiada por los desprecios saltarines de Rany, intentó ponerle una garra encima. En ese preciso y casi desgarrador instante, la rana, advertida por su instinto de conservación, dio un prodigioso y espectacular salto hacia el césped y no la volvimos a ver.
La que quedó triste y desconsolada por el abandono de tan buena compañerita de juegos, fue nuestra gatita, que a estas horas todavía anda buscándola por entre los yuyos del patio.
Ya ni en las ranas se puede confiar, parecía tan complaciente y al final mostró sus habilidades abandonantes.




































