Ayer, luego de muchas idas y vueltas, Pepe se decidió a cortar el césped del patio trasero. Era una labor que le corresponde realizar a él y, por causas que estoy tratando de esclarecer, la fue posponiendo una y otra vez.
Siempre encontraba la excusa perfecta para esquivar el bulto. Si no le dolía el hombro, había mucha humedad. También porque el sol estaba muy fuerte o porque ya no había sol y no se veía nada.
Lo emplacé diciéndole que no podíamos seguir así, que en cualquier momento iba a aparecer Tarzán, con la mona Chita y toda su comitiva, para reclamarnos una porción de selva.
No hizo falta agregar más. Fue hasta el depósito y salió portando todos los elementos necesarios para dar cuenta de la hierba crecida.
Mientras cortaba le recordé que luego de pasar la cortadora y dejar prolijos los bordes, tendría que barrer y dejar lim-pi-to. Habiendo dicho esto, me retiré a proseguir con mis tareas habituales.
Escuché el motor de la máquina yendo y viniendo. Luego el zumbido característico de la bordeadora. Luego el silencio. Intenso, casi palpable.
Salí a ver qué estaba pasando y lo encontré al Chuqui guardando apresuradamente todos los elementos utilizados, entonces le inquirí:
-¿Qué estás haciendo, no está en tus planes barrer lo que ensuciaste?
-Voy a esperar la lluvia, Chuquita. Será tan fuerte que lavará todo y no habrá necesidad de andar sacrificándose con la escoba.
-Y ¿qué pasará si no llueve?
-¡Por favor! Si Pepe te dice que va a llover, abrir el paraguas sería lo más indicado.
Ustedes no van a creer, cuando nada lo hacía suponer, el viento cambió de dirección y comenzó a soplar más fuerte. Se nos vinieron encima unos densos y oscuros nubarrones que descargaron, en nuestro patio, la cantidad de agua suficiente como para evitar que el Chuqui tuviese que barrer.
Él, mientras disfrutaba sonriente de la precipitación pluvial, tomaba mate, sentado bajo el techo de la galería. ¡¡Hay que ver como la naturaleza le da una mano a los haraganes!!
Siempre encontraba la excusa perfecta para esquivar el bulto. Si no le dolía el hombro, había mucha humedad. También porque el sol estaba muy fuerte o porque ya no había sol y no se veía nada.
Lo emplacé diciéndole que no podíamos seguir así, que en cualquier momento iba a aparecer Tarzán, con la mona Chita y toda su comitiva, para reclamarnos una porción de selva.
No hizo falta agregar más. Fue hasta el depósito y salió portando todos los elementos necesarios para dar cuenta de la hierba crecida.
Mientras cortaba le recordé que luego de pasar la cortadora y dejar prolijos los bordes, tendría que barrer y dejar lim-pi-to. Habiendo dicho esto, me retiré a proseguir con mis tareas habituales.
Escuché el motor de la máquina yendo y viniendo. Luego el zumbido característico de la bordeadora. Luego el silencio. Intenso, casi palpable.
Salí a ver qué estaba pasando y lo encontré al Chuqui guardando apresuradamente todos los elementos utilizados, entonces le inquirí:
-¿Qué estás haciendo, no está en tus planes barrer lo que ensuciaste?
-Voy a esperar la lluvia, Chuquita. Será tan fuerte que lavará todo y no habrá necesidad de andar sacrificándose con la escoba.
-Y ¿qué pasará si no llueve?
-¡Por favor! Si Pepe te dice que va a llover, abrir el paraguas sería lo más indicado.
Ustedes no van a creer, cuando nada lo hacía suponer, el viento cambió de dirección y comenzó a soplar más fuerte. Se nos vinieron encima unos densos y oscuros nubarrones que descargaron, en nuestro patio, la cantidad de agua suficiente como para evitar que el Chuqui tuviese que barrer.
Él, mientras disfrutaba sonriente de la precipitación pluvial, tomaba mate, sentado bajo el techo de la galería. ¡¡Hay que ver como la naturaleza le da una mano a los haraganes!!
























