En uno de los múltiples paseos públicos de la ciudad, solía presentarse un magnífico percherón, blanco y altivo, caballo de pompa jubilado, que deleitaba, a los presentes que osaran montarlo, con su imponente altura y su fantástico porte.
Así fue durante una prolongada temporada, hasta que se hizo presente Pepe interesado en ubicarse en la montura para que le tomaran una fotografía como si estuviese cabalgando en tan espléndido equino.
De más está decir que no hubo forma de que el animal permitiera que tanta humanidad se ubicara sobre su lomo y, debido a ese casi colapso emocional, su gran cuerpo de espectacular caballo se redujo a una copia desdibujada de mi pequeño pony. No hubo forma de reanimar a la noble bestia y lograr que recuperara el original tamaño.
Aunque le sigue embargando la tristeza, no pierde el espíritu y sigue prestándose a la obtención de imágenes, pero sólo con niños, por las dudas…y estamos hablando del caballito.-
